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Nuestro buen amigo Alfredo Mambié nos deja los cuatro episodios finales de la historia llamada El Duelo, además nos deja el archivo PDF para descargarlo, en dicho archivo encontrarán los 12 episodios que forman parte de esta interesante y atrapante historia, en la cual se manifiestan los principios profundos sobre la vida y la muerte, basados en un enfrentamiento moral entre padre e hijo. Así que pueden pasar a leerla o descargarla luego del salto.


Episodio IX – Sacrificium

El profesor Jorge se quedó parado viendo alejarse a Leonor hacia el vestíbulo, rumbo al estacionamiento. Experimentó un especie de deja vu. Le vino a la mente una noche junto a las olas, conversando plácidamente frente al mar con Leonor. La había convencido en llevarla a dar un corto paseo por la costa. Él guardaba un profundo afecto por ella.

–Has asimilado muy bien el aire marino, Leonor, ¡tienes rostro de sirena! Podrías hablarme, si gustas, de esa afinidad especial con tus alumnos. Me intriga conocer cómo logras llevártela tan bien con ellos.

–También siento gran empatía hacia ti, Jorge, créeme. Por extraño que parezca, mamá fue quien me reveló sus poderosas enseñanzas.

–Pero, Leonor, ¿no me habías contado que tu madre murió justo después de darte a luz?

–Sí, así fue. Mi padre compartió muchos de sus secretos. Ese legado le hizo asimilar mejor su partida. Te explico: Hace treinta y dos años, mamá quedó embarazada sin ella haberlo planificado. Papá recibió maravillosamente la noticia, pero mamá quedó muy afectada.

–¿Por qué, Leonor?

–Porque de algún modo inexplicable a ella le fue revelado el desenlace.

–¿Cuál? ¿El de que vendrías tú en camino?

–Sí, pero también el que yo estaba destinada a morir antes de nacer.

–¡Dios! ¡Eso es sorprendente! ¿Cómo podría ser posible?

–Mamá lo sabía. Mi vida no progresaría una vez ella rompiera fuente y estuviera a punto de iniciar sus labores de parto. Imaginarás la completa agonía de mi padre al ella confesárselo.

–¡Me imagino! Y entonces, ¿qué pasó?… –Leonor desvió por primera vez la mirada hacia Jorge, desenfocándola. Recordar aquel suceso le afectaba un tanto. Respiró hondo y expresó:

–Mi madre decidió sacrificar su alma por mí. Papá fue testigo de ese milagro extraordinario. Hizo un diario relatando con sumo detalle cada día de mi gestación y consiguió transcribir la mayoría de las revelaciones que mi madre en secreto, le fue comunicando ¡Ella y yo estamos conectadas, Jorge! Así como yo lo estoy ahora con mi hijo Gallardo. Mientras más ligado te encuentres a un ser querido, mayor es ese enlace.

–Lo que me cuentas, amiga, es asombroso. Quieres decir que esa comunicación espiritual puede ir por encima de la muerte.

–La muerte es un estado transitorio. Todos deberíamos aceptarlo. Mamá transformó muchos de mis preconceptos acerca de estas cosas. Pero requirió de la guía y el estudio adecuado para asimilarlos. No te creas, mi ex esposo Alfonso, aborrece todas estas ideas de precognición. Pero gracias a él, tengo a Gallardo.

–¿Confías que él sea una buena influencia para tu hijo?

–No lo es. Pero estoy convencida que Gallardo va a lograr en su momento, una importante transformación en su padre. –Leonor volvió a enfocar con gran profundidad la mirada en Jorge y éste sintió escalofríos. –Aunque tenga que pagar un alto precio.

El sonido de las olas fue desvaneciéndose en la mente de Jorge, al instante que éste se dirigía al salón de clase para relevar a Leonor.

Episodio X – Perspicillum

Gallardo comenzaría totalmente ciego en su misión. Aquella muerte accidental lo mantendría en un estado conocido como “fuera de rango”. Un ángel raso renegado a establecerse como novato en su desempeño. Sólo empezaría a ascender a medida que su influencia y persuasión sobre Alfonso lograran su redención. Gallardo debía aprender a ver de cerca estando lejos. Ambos enfilaron hacia el sur, encontrando a pocos kilómetros una alcabala.

–¿Rumbo a Matamoe, señor?

–Para variar. –Dijo Alfonso con desdén al vigilante, mintiéndole. Al cruzar el enorme arco rotulado con letras góticas: Hacienda Matamoe 1590, comenzaron a recorrer un recto sendero flanqueado por frondosas palmeras en perfecta simetría.

Eran imponentes columnas vegetales, cuales centinelas en perfecta formación. Pero al alcanzar alejarse lo suficiente de la caceta de vigilancia, Alfonso frenó brevemente para luego desviarse hacia su izquierda, penetrando entre dos palmeras rumbo a Apartaderos, su finca particular.

La cuatro por cuatro permitió el recorrido con facilidad, cortando camino a través de tupidos matorrales. Alfonso había logrado hacerse un refugio personal dentro de los linderos de la hacienda, so pretexto de contar con el suficiente privilegio para poseer también un lugar privado. Nadie en la familia conocía su existencia. Hasta ahora.

Gallardo inmediatamente percibió el cambio de humor en Alfonso. Una sonrisa maliciosa afloró en su rostro y en la mente del carpintero surgió el recuerdo cuando ordenó en secreto construir Apartaderos.

La remodelación de la caballeriza suministró todos los recursos para llevarla a cabo. Mimetizada entre frondosos jardines y el exuberante bosque circundante, la finca deslumbraba por su diseño innovador. Madera y cristal combinados con exquisito resultado. «Moldeada por los dioses para un gran dios», comentó Alfonso petulantemente.

A Gallardo le dio la impresión que aquello no podía ser verdad. Su padre ensalzaba su descaro proclamándose con la potestad de construir en el terreno de su abuelo sin autorización ni derecho. Era evidente que Alfonso se adelantó, tomando en cuenta que, posteriormente, poseería parte de esas tierras, al casarse con Leonor.

Su plan maestro lo coronó cuando fortuitamente al señor Hallen y a sus dos hijos mayores les llevara la muerte al ahogarse en un río caudaloso. Con Leonor como única heredera, Matamoe pasó a manos de Alfonso, al éste comprarle su parte como uno de los acuerdos al momento de divorciarse de ella.

–Te dará buen dinero, Leonor, y tendrás total independencia económica. –Le aconsejó pausadamente su abogado.

–Además, Gallardo está garantizado, al incluirse la clausula de ser el único heredero posible de esa propiedad. ¿No creerás a Alfonso capaz de deshacerse de su propio hijo para quedarse con Matamoe, o sí? –Leonor guardó silencio mientras firmaba retraída el documento. Luego expresó:

–Tal vez sea Alfonso quien deba resguardarse de mi hijo, si no actúa prudentemente. –Levantó la pluma del papel, marchándose calmadamente del despacho.

Episodio XI – Ante Bellum

Amanecía. Simultáneamente Apartaderos y Matamoe eran habitadas por seres extraordinarios. En Apartaderos, Alfonso le daba ingreso sin proponérselo a Gallardo, transfigurado. En Matamoe, Leonor acababa de lograr invocar a los ángeles de su padre y hermanos, solicitándoles apoyo para localizar a su hijo.

Le costaba entender aquella respuesta: «Tan cerca de su padre como su corazón del suyo». Leonor debió evadir sus temores al corroborar que el comentario del vigilante de la alcabala no era cierto. Alfonso no estaba en Matamoe.

Un ángel casi siempre era metafórico en sus respuestas. A Leonor incluso le costaba bastante diferenciar entre las respuestas dadas por su padre y las expresadas por sus hermanos. Ese nivel de aprendizaje le costaría muchos años más de estudio. Al menos lograba conectarse con ellos.

Lamentaba descubrir que el sacrificio de su madre la imposibilitó ser también un ángel. Ella resguardaba esa cualidad en su interior. Afloraría cuando el tiempo lo considerara necesario.

Por ahora ellos habitaban la antigua casona, manteniendo contacto con Leonor ocasionalmente. Alfonso no había reparado que el vigilante de la hacienda continuaba considerando a Leonor “su patrona”, dejándola ingresar sin restricciones. Leonor decidió llamar al celular de Alfonso.

Sabía el riesgo que correría, pero sería el único modo de corroborar aquel don heredado por su misterioso nacimiento. Ella era “portadora de visiones” como la diosa Hécate, cuyos influjos podían aportar tanto inspiración como locura.

En aquel instante Leonor percibía una mezcla confusa de ambas emociones. Su interés por conocer el estado de su hijo, tal vez obligaría a Alfonso a mentirle descaradamente. Incluso no estaba segura si le contestaría. Pero, para su sorpresa, Alfonso atendió:

–¿Leonor?…

–Sí Alfonso, soy yo. Buenos días. Perdona pero me vi en la necesidad de llamarte para saber de Gallardo.– Leonor esperó unos segundos estremeciéndose al poder captar cualquier maquinada respuesta.

–Claro, Gallardo… Él está aquí conmigo en este momento. – La voz de Alfonso la desconcertó o tal vez le hizo dudar por instantes lo real de aquella impactante visión en el salón de clases.

–¿Podrías pasármelo un momento, por favor?– Cristales rotos esparcidos con furia y un extraño lugar en penumbras vuelven a la mente de Leonor.

–¿Pasártelo? Oye, creo que eso no va a ser posible ahorita, Leonor.

–¿Pasa algo? Tú estás muy raro, Alfonso. Es extraño oírte hablarme así.– La visión comenzaba nuevamente a manifestarse, provocando en Leonor un espantoso escenario surrealista donde una figura siniestra llenaba el ambiente de extrema excitación como un toro enfurecido en plena faena. Ella percibía a Gallardo enfrentándose a Alfonso y viceversa.

–Me he vuelto sutil a partir de hoy, créeme.

–¿Un cambio inesperado en tí? ¡Vaya! ¿Quién lo habría creído?

–Eeee Leonor, te aseguro que sabrás de Gallardo en poco tiempo. Él me ha dicho que se pondrá en contacto contigo, una vez… –Casi no se le escuchaba la voz a Alfonso. Parecía que ahora su celular estaba lejos de su boca, o en modo de altavoz.

–¡Una vez que él termine conmigo! –Expresó con un tono de auténtico terror. Inmediatamente la llamada se cortó. O colgaron. De cualquier forma, Leonor no pudo repetirla ni logró dejarle mensaje alguno en su contestadora. Leonor exasperada, intentó correr, buscar ayuda, pero inesperadamente, al traspasar la puerta fue retenida en las afueras del jardín por el guardián de la caseta de vigilancia aprestando su arma quien confesó alarmado haber escuchado unos espantosos gritos y un estruendo de golpes en las cercanías. Con tono cortés le pidió lo esperase ahí mientras él se dirigía hacia Apartaderos.

Leonor aturdida permaneció de pie junto a su padre y hermanos, sabiendo que ese era justo el momento indicado para ella voluntariamente transformarse en ángel.

Episodio XII – Dies Irae

Los huesos de la mano junto a todos sus ligamentos, flotaban con pasmoso realismo frente a los ojos de Alfonso. Aquella vieja fractura volvía a transformarse en su peor pesadilla, porque inexplicablemente Gallardo tenía el poder para someter a su padre. Apenas entraron a Apartaderos, Alfonso fue abordado por una oscura presencia, la cual pasó a materializarse frente a él en cuestión de segundos.

Paredes, techo, piso, muebles, todo quedó impregnado de una negrura sobrenatural a su alrededor. La claridad quedó invertida, similar al negativo de una foto. Sólo los pocos objetos de tonalidades oscuras pasaron justamente a verse de un blanco segador. Gallardo destellaba ante su padre como una constelación reagrupada en figura humana.

Alfonso lo encaró abalanzándose hacia él con una fuerte arremetida, intentando de algún modo, derrumbarlo. Lo traspasó. Chocando con gran estruendo contra una de las grandes paredes recubiertas de espejo. Adrenalina en concentración. Todo fundamento racional quedó resquebrajado en caótico acto de fuerza bruta.

Alfonso en repetidos intentos sólo lograba impactar contra el fino mobiliario, sin darle alcance al intruso alienígeno. Sudor, jadeos y chirridos disonantes se entremezclaban junto a la impotencia de un Alfonso, cada vez más extenuado.

Gallardo no poseía facciones visibles. Su rostro carente de ojos, nariz y boca, tampoco tenía orejas. Era una silueta corpórea, brillante y estilizada como formada por lentejuelas o diminutos diamantes fijados a un maniquí invisible. Alfonso entonces, humillado y con la respiración entrecortada, espetó:

–¡Basura! ¿Qué demonios haces en mi casa?… ¿Ah?… –Gallardo se desplazaba de un lugar a otro como una figura espectral sin contestarle. Alfonso observó nervioso como aquella forma luminosa se aproximaba, no hacia él, sino hacia sus huesos suspendidos en bizarra y macabra composición.

–¡Detente! ¿Qué haces?

–¡No te atrevas a tocarla!

–¡No! ¡No te atrevas, coño!

–¡Mi mano, carajo!

Lágrimas involuntarias inundaron los angustiados ojos de Alfonso, quien frenético, intentó un último esfuerzo abalanzándose hacia Gallardo estrellando involuntariamente sus pantorrillas contra una sólida mesa de espejo cromado, la cual le hizo tambalearse y caer de bruces. La acción fue aparatosa; casi ridícula. Alfonso, tembloroso y jadeante, miraba a su hijo transfigurado envolviendo dentro de sí aquella siniestra masa ósea.

–¡Mi mano, nojoda!

Delirante, Alfonso imploraba de rodillas a aquel ser luminoso sobre los escombros de su propio mobiliario destrozado. El dolor punzante llegó a su cerebro segundos después. Aunque sus extremidades habían sido las afectadas, Alfonso percibía un indescriptible daño en su mano derecha, insoportablemente fuerte.

Su cerebro estaba a punto de estallar. En ese mismo momento, Alfonso recibía la llamada de Leonor. El aparato repicaba reproduciendo la melodía Dies Irae, del Réquiem de Mozart. Aquel dejo de indiferencia fue captado por Gallardo adelantándose a la reacción de su padre.

–¡Contesta la llamada!

–¿Qué? ¡Ajá! ¡Oblígame, asqueroso intruso!

–Lo haré.

–¡Aaaagggh, nojoda!

–¡Mírame, papá! –Gallardo revelaba su identidad ante los estupefactos ojos de su padre quien permanecía retorcido como víctima de un ataque epiléptico, invadido por una crisis suprema de dolor y rabia.

–¡Imposible! ¡No! ¡Mi hijo está muerto! ¡Aaaagggh! Tú no puedes ser él, no puedes…

–No en este presente, pero sí en un futuro cercano. Eso deberás comprenderlo por ti mismo. ¡Contesta! ¡Es mi madre quien llama! –Alfonso titubeante, se llevó al oído el aparato.

–¿Leonor?

–Sí Alfonso, soy yo. Buenos días. Perdona pero me vi en la necesidad de llamarte para saber de Gallardo.

–Claro, Gallardo… Él está aquí conmigo en este momento. –Gallardo fue aproximándose hacia Alfonso. Cada centímetro hacía reducir drásticamente la excitación de Alfonso, y el agudo dolor que experimentaba, serenándolo; haciéndole hablar ahora casi sin ningún dejo de exaltación.

–¿Podrías pasármelo un momento, por favor?…

–¿Pasártelo? Oye, creo que eso no va a ser posible ahorita, Leonor. –El ritmo cardíaco de Alfonso comenzó a descender, producto de un intenso frío proveniente de Gallardo.

–¿Pasa algo? Tú estás muy raro, Alfonso. Es extraño oírte hablarme así. –Un descenso mortal en la temperatura corporal de Alfonso progresivamente apagaba sus signos vitales.

–Me he vuelto sutil a partir de hoy, créeme. –Alfonso dejó de ver a su hijo hecho hombre, frente a él. Todo quedó en total oscuridad. Impasible, Alfonso sintió el susurro de la muerte. Justo en ese instante despertó en él la misma capacidad de Leonor. Y aquella araña ósea en forma de mano, retiró con total sutileza el celular de su oído.

–¿Un cambio inesperado en tí? ¡Vaya! ¿Quién lo habría creído? –Continuaba expresando Leonor, ajena a todo lo que estaba ocurriendo.

–Eeee Leonor, te aseguro que sabrás de Gallardo en poco tiempo. Él me ha dicho que se pondrá en contacto contigo, una vez… –El celular de Alfonso quedó suspendido en el aire como una pequeña burbuja. La mano esquelética lo sujetaba. Y ante lo inminente, Alfonso concluyó:

–¡Una vez que él termine conmigo!

Los huesudos dedos estrujaron el aparato como si de una simple hoja se tratara, destruyéndolo. El corazón de Alfonso se detuvo. Y todo quedó en silencio.

Descargar el PDF con los 12 capítulos de la historia El Duelo por Alfredo Mambié